Lloraba, y las lágrimas se congelaban antes de caer de sus mejillas, se congelaban por el frío de su corazón congelado.
Lloraba, y empapaba la arena sobre la que estaba sentada, viendo pasar el tiempo; y las olas.
Lloraba sin saber muy bien por qué, derramando sentimientos sin conocer, sentimientos exalados en un último aliento de un fuego antes abrasivo, su interior.
Se propuso no ser nunca más, ni ser ni sentir. Se propuso no habitar más el mundo en el que las sombras se acercan a ella, intiman, y la traicionan. No volver jamás a seguir a las sombras de lo que un día fueron, las sombras de las personas a las que un día amó. Porque al final son eso, sombras. Oscuras.
Igual a la sombra que un día fue fuego, ahora hielo helado, frío y mortal hielo helado. Calentaba sus entrañas día tras día, como una máquina imparable, hasta que un día paró. No sabría decir con exactitud cuando, solo que, a mitad del camino, giró la cabeza atrás, y ya no estaba. No producía la energía que necesitaba, no se movía y no la mantenía activa. Al girar la cabeza lo único que pudo ver fueron zarzas de hierro gris, las mismas que la desangran poco a poco. La matan hierros grises de la máquina que un día la engendró.
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