El hombre de calcetines rojos vuelve a la ciudad, vuelve a caminar por las calles corroidas de luz extinta, invadidas por la oscuridad más lúgubre. Hebras de mapas y de palabras escritas por la misma mano de la inocencia perdida.
La verdad. La verdad yace en sus rimas; en las escrituras sin maldad de el hombre de calcetines rojos.
Y camina. Camina por las calles de una ciudad olvidada y muerta. Eterna, su pasión dicha y redicha sobre folios blancos y amarillos, sobre el mar de los veleros y el cielo de la luna. La verdad eterna de caminar por las estrellas, hebras de fantasía egocéntrica.
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