La sangre brotaba de sus brazos, su vientre, sus piernas.
Sus ojos lloraban recuerdos de un sentimiento roto.
Su boca balbuceaba sonidos inentendibles para sí misma.
Sus manos temblaban, incapaces de producir un corte más.
Había perdido mucha sangre, estaba perdiendo mucha sangre, y muchos recuerdos, y muchos pedacitos de su alma.
Solía guardarlos en pequeños tarros. Trocito de alma, tarrito; trocito de alma, tarrito... Pero eso terminó, hoy había lanzado todos esos recipientes negruzcos y aparentemente llenos a la pared más dura. Había resquebrajado el cristal en millones y millones de pedazos; pedazos, inútiles pedazos.
No había vuelta atrás, ella estaba resquebrajada, como el cristal de sus tarros, y dispersa, como el alma que habitaba en ellos.
domingo, 1 de junio de 2014
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