Aquí, vuelves tú, mirando por la ventana de la horca. Ves nubes, pájaros, risas; y las escuchas.
Aquí, vuelves tú, mirando por la ventana de las heridas. Ves sangre brotar, cicatrices lloran, gritan, duelen.
Duele el pasado, los recuerdos que atormentan esas sienes tuyas.
Duele todo, y nada; los recuerdos, olvidados.
Olvidar, no sabes si quieres.
Dejarías de ser tú, eres lo que has vivido; tus dolores, tus lágrimas.
Se acaba el tiempo en tu corazón, tu cabeza cada vez late más lento; llagas que no acaban.
Las pisadas desaparecen en aquella orilla perdida, perdición que trae oculta, y tan oculta, escondida.
Te colocas tirita sobre tirita, sobre tirita, sobre tirita; intentando retener lo más posible dentro de ti.
Tirita, tras tirita, tras tirita; capa, tras capa, tras capa, ya no sabes dónde estás, no sabes dónde acaba.
Estás perdida, como la orilla, como los recuerdos, como los latidos, como la horca, las cuchillas.
Niña, estás perdida.
Niña, pequeña gran niña suicida, que vive el día que habrá ocurrido sin ocurrir, vive el suceso entre latidos sazonados y deshechos. Latidos, uno tras otro, sin saber cuál será el siguiente, sin saber cuál será el último.
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