El brillo de los últimos haces de luz se reflejaban en sus pupilas, siempre inquietas. El sol se escondía tras las montañas y nosotros mirábamos el mar oscurecerse. Era una escena bonita, escuchábamos el ruido que producían las olas y el viento sobre nuestros oídos, oíamos, a lo lejos; a la gente hablar, reír y gritar. Nuestras miradas se cruzaron un instante, proseguidas de un beso fugaz.
Un día que nunca me hubiese gustado dejar atrás, pero que allí quedó. Guardado en los recuerdos, perdido en las hojas de un diario que nunca se leyó. Olvidado, como tantos otros que fueron y como tantos otros que vendrán.
jueves, 1 de mayo de 2014
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