Junto a mí
un hombre
de piel de yeso
y manos nerviosas
sosteniendo
un vaso,
vacío.
Lo mira fijamente
mucho
como si el universo
se hubiese
reducido.
En un vaso
vacío.
Los demás hombres
gritan
y ríen,
y el alcohol gira;
y gime
mi vecino
por su vida y sus sucesos.
Pero no me importa.
Me importa
mi vaso
lleno
que nunca acaba,
siempre lleno.
Yo y mi vaso.
Mi vaso y yo.
Solo nosotros dos,
y yo.
Ha escuchado tanto
este pedazo
de cristal.
Han pasado tantos
tantos hombres,
han pasado tantos
tantos niños.
Todos contando su historia,
la guerra.
Sus hambrunas,
sus lloros,
como
aun así,
siguen siendo
como todos,
refugiándose en el alcohol
que gira
nuestras mesas,
golpea
nuestros codos
y alivia
nuestras gargantas
secas.
Muy secas.
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