Se notaba el amor en cada una de las letras de pluma y tintero sobre ese papel amarillento. El olor a orina inundaba el ambiente debido a la ínfima calidad de la retirada de desechos. Un grito ronco mutiló el perfecto silencio de la noche. Una prostituta camina entre carcajadas agarrada de la cintura por la mano blanca del Barón que, a su vez, sujetaba un gran fajo de billetes, algo nada común y, menos aún, allá por el siglo XVII. En su otra mano suejetaba una botella de vino producida por sus tierras. Iba tremendamente borracho, como todas las noches, deambulando por las más bajas calles de la ciudad.
En estas se situaba nuestro protagonista, escritor de profesión y limpia establos por pura afición. En estos momentos, antes de que servidor interrumpiera, se encontraba a punto de escribirle una carta a su amada, hija del marqués de carabás (este sin un gato parlante, sin ogros ni gigantes). Dejarete yo agora con él y sus palabras.
[...] Jamase visto belleza tal que hiciese competencia al Sol, a la Luna y a todas sus seguidoras esponjosamente blancas [...]
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