Era un hermoso día de verano. Decidí ir a dar un paseo a través del bosque, llevaba allí ya un par de meses y todavía no fui a visitarlo.
Era un bosque muy iluminado, predominaban el color marrón anaranjado y el verde claro, casi amarillo. Había muchos árboles, todos repletos de hojas de todos los tamaños, formas y tonalidades. Era un bosque realmente hermoso. De vez en cuando escuchabas el crujir de las hojas secas caídas en el suelo cuando pasaba una liebre o escuchabas el piar de los pájaros.
Con el paso del rato, llegué a las puertas de una casa de madera. Era muy pequeñita y tenía solo una habitación; y a pesar de estar en medio del campo, con animales y plantas, parecía acabada de construir. Era muy bonita.
Unos momentos más tarde, me vi siguiendo unas huellas, de oso, me aventuraría a decir.
Pasé unos arbustos de colores otoñales y...
En efecto, una cría de oso se encontraba al otro lado, comiendo de unas hojas amontonadas en una zona. Cuando me vio, vino hacia mí y me empezó a lamer la pierna, realmente, era un osito adorable, parecía de peluche.
En aquel instante, aparecí en un jardín hermoso. Árboles y flores de todas las especies se erigían en él. Cuidado como el que más, pero daba la sensación de que realmente nadie iba a regar y a podar, como si estuviese abandonado y se arreglase por sí solo.
Me encontraba enfrente de un muro, mirándolo, extenso hasta el cielo. Al otro lado se escuchaban voces. Al principio no pude distinguir qué decían, pero con el paso de los segundos, minutos, u horas; no podría decir que tiempo pasé allí; empecé a entender, empecé a percatarme de lo que ocurría.
Primero, el grito desgarrador de una mujer. No decía nada, simplemente transmitía su dolor. Después de ese chillido, otro, y otro, y otro, hasta acumular una serie de gritos, solapándose unos a otros.
No pude sentir otra sensación, otro sentimiento, que el de frustración, el de tristeza, el de impotencia hacía ellos. Yo me hallaba viviendo en mi lado del muro, feliz, mientras que en el otro lado, el lado que nunca llegaría a ver, lo poblaban gentes tristes.
Me desperté, todo había sido un sueño, nada fue real, no hay jardines que se arreglen por sí solos, no hay casitas de madera en medio de un bosque perfecto, no hay ositos que te laman la pierna, no hay muros extensos hasta el cielo, y, tampoco hay gentes tristes....¿no?
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