Se escucha la respiración entrecortada, las manos le tiemblan y los pies se le mueven solos. Siente las piernas frías. La cabeza le da vueltas; le va a estallar desde dentro hacia fuera y después otra vez haacia dentro, todo gira en torno al chico y él no puede hacer nada por evitarlo. Puede sentir como la vida se le escapa como si por un grifo se tratase; un grifo mal cerrado que no puede cerrar del que sale, gota a gota, su felicidad.
La luz se apaga, disminuye su intensidad constantemente, para, en algunas ocasiones, emitir un fuerte destello. En ese momento sabe que todo va a salir bien, todo va a ser bonito por siempre; vuelve a tener ese brillo en los ojos, recupera esa curva en la sonrisa de su rostro, brinca, corre y grita, siente que un fuego que no quema le calienta por dentro, todo su interior y sus entrañas. Pero la luz solo dura un instante, desaparece para dar paso a la oscuridad; oscuridad en la que reinan las sombras y los susurros. Una mano le sujeta y le transmite imágenes, imágenes terroríficas en las que todo está negro. Una voz rompe el silencio. Es extraño porque, a pesar de hablar, no emite sonido alguno. El silencio queda roto por un silencio aún mayor. Le atan y le sumergen en la oscuridad, le susurran. El chico se deja seducir por las caricias de las sombras, tan suaves y placenteras.
Nunca nadie volvió a saber de él, aquel chico que un día se hundió y desapareció en la negrura.
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