Las paredes estaban repletas de libros, desde el suelo hasta el techo, tras tremendas vitrinas o sin ellas; pero todos preparados para ser abiertos y leídos con paciencia y ternura. Pasaba la yema de los dedos sobre el lomo de estos, sintiendo la textura del cuero firme deslizarse bajo ellos justo antes de abrirlos y leer sus letras, sentir las gigantescas y extensas ideas de los distintos escritores y pensadores penetrar en su cabeza. Le encanta ver como la tinta impregna las hojas, sentir ese olor característico a libro antiguo acompañado de un color amarillento. Estaba muerta y había ido al cielo. Nunca escuchó nada de ese lugar, pero ahora que lo conocía no pensaba abandonarlo. Era feliz, no nacesitaba más.
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