La sangre invadía su rostro, brotando entre sus cortes. Con su nueva navaja el chico alcanzó la felicidad que ella nunca le ofreció. Se la acercaba lentamente a la cara, antes de presionarla y tirar con fuerza, cada vez más. Lo hacía frente al espejo para disfrutar de la vista de su nuevo rostro. ¡Ahora es tan bello! ¡Nadie se le podrá resistir! Con cada corte producido él era más guapo; si el reflejo fuese real, saldría con él, se había enamorado.
Al principio tenía miedo a apretar demasiado, pero, como con cualquier otra cosa lo fue perdiendo con la práctica. Sabía dónde y cómo debía hacer las incisiones para sangrar más.
Su padre le llamaba loco pero, aunque no lo dejase nunca solo, debía dormir, y cuando ambos lo hacían el verdadero yo del chico despertaba, caminaba descalzo bajo la negrura y repetía el ritual de todas las noches.
Al día siguiente sus compañeros de clase le observan detenidamente. ¡Por fin se daban cuenta de su belleza! ¡Le admiraban!
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