miércoles, 16 de julio de 2014

Extraños los dobleces del tiempo



No sabía en lo que me estaba metiendo, no sabía lo que iba a ocurrir cuando tus ojos se cruzasen con los míos por vez primera. Nunca pude imaginar siquiera, de lejos, asemejarme, en lo que me provocarían tus ojos marrones. En lo que aflorarían en mi interior. Como la llama efímera de mi alma se incendió, para no cesar. Tierras mojadas de las llanuras de la paz, tu mirada, anclaje del barco a puerto. Tus palabras, pirata del mar de mi océano.

Sin saberlo fui hundiéndome, poco a poco, en la fangosa superficie de mis sentimientos.

Sin saberlo, sin quererlo, me convertí en un eslabón más de la cadena de tu amor; atado por siempre al calor que me brindas día a día.

Ocurrió todo tan rápido, y tan lento. Son extraños los dobleces de los que a veces presume el tiempo, y larga la lista de los momentos robados que nunca pasaron. Por falta de tiempo. Extraña, su manera de llevarnos por caminos perdidos.

Hasta la Luna, solo ida

Capitulo primero: Hasta la Luna, solo ida


Cada vez estábamos más cerca, nuestros cuerpos más unidos, y yo sentía que iba a implosionar. Sabía que estaba verdaderamente roja, y me avergonzaba de ello, enrojeciéndome aun más.

Había pasado una tarde fantástica con él, como todas las que nos veíamos. No habíamos hecho gran cosa, pero si era juntos, para mí lo era todo. Caminamos a lo largo del paseo marítimo, viendo a la gente llegar e irse de la playa, entrar y salir del agua; y al caer el sol ocupamos el lugar vacío que habían dejado cuando el tiempo se tornó frío.

Él siempre lleva mitones, uno negro y otro gris, dice que de esa manera se siente más él. A mí siempre me causó cierta gracia, pero al mismo tiempo me parecía genial, puesto que se le podía identificar a lo lejos; o cuando querías decirle a tu mejor amiga quién era, solo tenías que citar su forma de vestir. Eso le definía, le diferenciaba aun más de los demás, le hacía más único. Le encantan las sudaderas anchas de mangas largas, con las que puede cubrirse cuando se aburre (siempre con capucha, aunque nunca le haya visto con una sobre la cabeza). Y hoy, en el epicentro del verano, miramos las estrellas encenderse una a una en el cielo, tumbados en la arena, poniéndoles el nombre más feo que se nos ocurriera a cada una de ellas.

-¡Mira, mira! – gritó extasiado, rompiendo el efímero silencio. - ¿La ves?

-¡Pero si hay muchas! ¿Cuál tendría que ver?

-Pues está claro, esa grandona de ahí – me cogió de la mano, para señalarme aquel puntito de luz.
En ese momento mi corazón dio un vuelco, cada vez que nos rozábamos lo hacía, pero esta vez me había cogido la mano, ¡la mano entera!

-¡Pero si a esas ya les hemos puesto nombre, Jota!

-Ah… - Algo decepcionado, Jota bajó su mano, con la mía aun atrapada, y la apoyó en la arena, entre nosotros.

Se hizo el silencio, no sabría decir cuánto, 5 minutos, media hora… ¡Cómo lo iba a saber si estábamos de la mano! *Pi-pi* La alarma de su reloj había sonado, y eso quería decir que ya era media noche. Se había pasado el tiempo tan rápido…
Instantes después me soltó, volcó su cuello hacia mí y, rápido, me besó en los labios.

-Sorpresa… Feliz cumpleaños…

No sabía qué decir, ni qué hacer. ¿Por qué estaba ocurriendo todo esto, tan de repente? No sabía si me había quedado dormida sobre la arena o si él solo lo había hecho porque era mi cumpleaños y quería ponerme feliz. Lo que sí sabía era que ese momento no lo olvidaría nunca.

-Bueno… no te ha gustado… ¿no? Lo siento… no debería haberlo hecho… pensé que…

-¡Cállate idiota! Claro que me ha gustado, ha sido el mejor regalo de cumpleaños que me podrías haber hecho. –me acerqué levemente a él, con una tremenda sonrisa en la cara.- Pero yo soy una egoísta, y quiero más.  –Le devolví el beso, y otro. Nuestros labios parecían encajar como si hubiesen sido creados para ello. En ese momento una llamita se encendió dentro de mí, llenándome de la fuerza que hacia tanto que no sentía. Lentamente abrimos los ojos y, algo rojos, nos pusimos de lado y apoyamos los codos en la arena, para poder vernos el uno al otro. Ambos teníamos los ojos marrones, pero los suyos eran especiales, diferentes.

-¿Entonces… esto es un algo así, como que me quieres? –dije, algo dudosa de la pregunta.

-Claro que sí Ele, Hasta la Luna. –señaló la tierra y luego la luna, trazando un camino en el aire.

-¿Pero solo ida?

-¡Claro que no tonta! Ida y vuelta.

Tras esto, se nos escapó una carcajada a los dos. Era feliz, como nunca antes lo había sido, junto a él, sus mitones, y las estrellas con horrorosos nombres.

domingo, 6 de julio de 2014

Recuerdo aquellos días que no vivimos, que nos faltaron por vivir.
Recuerdo las historias que escribías, y me leías.
Recuerdo las tardes en el banco de la plaza, sin hacer nada, pero haciendo todo.
Recuerdo tantas cosas... tantas cosas que no llegaron a ocurrir.

Y quisiera, pero no ocurrieron, ni ocurrirán.
Porque no evitarás que me vaya de aquí,
cansado ya, de tanto tú, tanto vosotros y tanto ti;
cansado ya, de esperar el "pasará",
de esperar.
Y esperar.

No sé cómo lo ves tú, ni qué harás,
ahora que el pasado se nos difumina
lentamente, tras la cortina
que nos impuso el tiempo,
maligno asesino de recuerdos,
el tiempo.
Asesino.
De recuerdos.

sábado, 5 de julio de 2014

Luchamos por conseguir un mundo nuevo, sin darnos cuenta de que este siempre será el mismo. Lo que realmente cambia son las personas.

jueves, 3 de julio de 2014

La campesina

En lo profundo de un bosque,
en la angosta y oscura noche,
una chica perdida busca el final del camino.
Encuentra y encuentra,
hojas y hojas,
árboles de sus ramas,
y la grande luna llena.
Encuentra, encuentra,
la grande luna llena,
y la sangre que le emana,
de la ilustre cabellera.
Encuentra y encuentra,
una casa perdida
al final del camino.
Llega rendida
y toca la puerta:
-Pasa, pasa; eres bienvenida.- La reciben dos jóvenes gemelos, con traje ancho, largo y marrón.-Cenaremos en seguida, en cantidad y, pasada la noche, curada y arreglada, podrás marchar, pasada la noche, curada y arreglada.
El señorito de la finca, de pelo rubio y largo, le ofrece bebida. Nuestra confusa campesina come y bebe; vino, carne y demás lujosas comidas.
Se despierta en mitad de la noche, extasiada, en una gran habitación, por el estruendo de un golpe. El reloj marca las doce.
"¿Cómo he llegado aquí?" Piensa. Bebiendo, bebiendo; emborraché, desafiando el por venir.
-¿Quienes son estas gentes? ¿Por qué se comportan así?- Susurra.
-¡Corra, señorita, que la comida se enfría!- Gritan los gemelos tras la puerta.
"¿Me he pasado todo un día durmiendo?"
Nuestra aun más confusa campesina desciende las largas escaleras cubiertas por una alfombra roja.
-¡Vamos, señorita, no haga esperar al señor!
-Tome asiento, tras cenar, y pasada la noche, curada y arreglada, podrás marchar, curada y arreglada.
"Aun tengo sangre en la cabeza, cuando vuelva a la habitación me limpiaré, dormiré, y saldré de esta casa a primera hora"
-Esta es la fruta de la vida eterna, pruébala, adelante. Saborea la carnaza, saborea sus hebras, siéntela muy dentro de ti. Siente como baja por la garganta y toca tu estómago, como se va deshaciendo poco a poco. -dice el propietario, con voz profunda y sosegada, haciendo pausas entre las palabras, mientras la campesina hace su parte..
-Me siento rara, y me encuentro mal, por hoy he de retirarme Mañana continuaré mi viaje a primera hora de la mañana. Gracias por todo.
"¿Pero qué le pasa a esta gente? Si van a dar fruta en mal estado a sus visitantes para reirse de ellos al menos podrían tomarse la molestia de no hacer participar a los que sangren por la nuca en ese rebuscado juego suyo."
La chica vuelve a la habitación, encontrándosela tal y como la tenía antes de irse.
"A pesar de haberme despertado hace apenas unos minutos, me siento agotada. Dormiré un rato y, al levantarme, me arreglaré para retomar mi camino."

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Huye de unas voces mecánicas por un angosto y oscuro pasillo. Solo corre, no puede hacer otra cosa, hasta que tropieza. Se dobla el tobillo y el cuerpo deja de responderle, paralizado por el miedo. Las voces se escuchan más y más cerca. Cierra los ojos.
Un golpe sordo la despierta. Aun conmocionada por el sueño, y sin terminar de ubicarse todavía bien, se asoma a la ventana. Al parecer un pájaro se había chocado con el cristal.
La luna llena alumbra las ramas de los árboles, y las hojas cayendo de ellos. "Ya ha llegado el otoño" -piensa.
El reloj marca las doce.
"¿Otra vez me he quedado dormida?" "El golpe debe haberme afectado más de la cuenta" "Esto me pasa por ser una torpe, y caerme hasta con la piedra más pequeña."
-¡Señorita, venga a cenar! -Pronuncian a duo un par de voces infantiles.
Se sienta en la misma lujosa silla que las pasadas noches (en esa casa, al menos para ella, todo era de un valor incalculable, y le costaba acomodarse, sabiendo que si rompía algo no podría pagarlo ni con sus cien mejores cosechas).
-Este es el vino de la juventud, lo producimos nosotros mismos, en nuestras bodegas. -El señorito sirve una copa de la botella que sostiene en la mano.
El líquido era de color rojo oscuro, más rojo de lo que ella habría podido pensar para un vino, y tomando como un descuido el conflicto de la fruta de la noche anterior, recoge la copa que le ofrece el propietario.
-Gracias. -dice con voz seria y neutra.
-No se puede vivir para siempre sin un cuerpo bonito, ¿no está usted de acuerdo?
-Claro... sí... supongo que es cierto... -con voz confusa, la campesina responde a la pregunta del adinerado.
Así pasó el tiempo, hasta que, el chico, dando por finalizada la velada, se levanta de su asiento.
-Ahora, si nos permites, nos iremos a dormir. Hoy he tenido un día atareado. Que duerma bien, señorita. -dice con voz cansada. -¡MADRE! ¡LIMPIA ESTO!
Una mujer con la espalda encorvada y el rostro y las manos llenas de arrugas acude a la mesa para recogerlo todo, andando como puede, como si las piernas fuesen a quebrarse en cualquier momento. La anciana observa a la campesina con una mirada triste, pero también observa más allá, como si pudiese ver lo que hay dentro suya, tras sus oscuros ojos.
-¡Vamos, madre, que no tenemos toda la noche!
-Eso es precisamente lo que nos sobra, hijo. -un hilo de voz se desprende de la garganta de la anciana.
El adinerado y los gemelos permanecen quietos, a la espera de que la campesina vuelva a entrar en la habitación que le asignaron. Cosa que hace nada más salir de la conmoción que le produjo ver a una mujer en tal mal estado sirviendo a tres chicos que mejor podrían valerse por sí mismos.
Tras una ligera ducha, la chica vuelve a caer en un profundo sueño.

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