Vuelven a encharcarse las calles de la ciudad, una señora en la década de los cuarenta espera el futuro en una esquina poco iluminada, viuda ya desde hace tiempo y abandonándose a la falsa cura de la soledad; mira a los hombres caminantes con el rostro de desasosiego y desolación.
De vez en cuando una farola enciende su tenue luz intermitente, durante unos segundos, para apagarse nuevamente, sumiendo el barrio en la oscuridad.
La gran luna y las estrellas sus secuaces luchan por cazar entre sombras y susurros a los ladrones de vidas y verdades.
Pobres humanos, incansables en este mundo aparte en busca de verdades inencontrables. Pena en ellos y en sus desastres.
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