Empezó a hacer malabares con ellos, con los cuchillos.
Al principio le colocaba papel higiénico en la cuchilla, más tarde, cuando cogió práctica, se lo quitó.
Después de practicar un par de veces, la madre irrumpió en su habitación para sorpresa del chico. Entró gritándole, ¿qué haría él haciendo esas cosas?
El cuchillo se le clavó en la mano, la atravesó por completo. Dos gritos provenientes de las dos gargantas de la habitación gritaron, a su vez, atravesando el vecindario de extremo a extremo.
La sangre empezó a salir.
Al salir en esa cantidad, tanta, el chico se percató de que era más oscura de lo que él creía.
A ese ritmo se desangraría allí mismo, en unos momentos. Tantos pensamientos cruzaron su tan inocente cerebro...
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