Otro vaso llegaba a su fin entre tremendas corrientes de fuego mojado. La luz del bohemio local de las afueras dependía de dos polvorientas bombillas que brillaban muy tenuemente colgadas de un cable, palideciendo bajo un techo húmedo y goteante.
El barman, hombre de rostro bonachón con un profundo bigote cano, agitaba entre sus anchos dedos las bebidas que le esperarían a los nuevos clientes; él se dedicaba a contar malos chistes a los bebidos y a escuchar sus penas con paciencia.
-Ponme otro, Jackie-murmuré lentamente, pasando el dedo por el contorno del vaso e intentando sobreponer mi ronca y quebradiza voz a la música proveniente de las cuerdas de Tom en la radio.
Una muchacha de vestido rojo y escote se sentó junto a mí, tras la barra.
-¿Puedo darle un trago?
-Adelante.
La marca de su pintalabios color sangre quedaba plasmada en el vaso mientras sus finos dedos comenzaban a deslizarse por mi nuca lentamente.
Poco a poco el fuego me iba quemando por dentro y Jack aminoraba la velocidad de sus movimientos mientras Tom reducía el volumen de su voz y todo empezaba a tornarse oscuro.
Cuando desperté me encontraba tumbado en la cuneta de la calle; mucha bebida para una sola noche.
Hice ademán de levantarme apoyando los brazos en el suelo cuando me percaté que la superficie estaba pegajosa; y mi camisa, antes blanca, ahora se encontraba totalmente roja. Al ver esto un dolor agudo cruzó mi cintura. Abrí los botones como pude y observé una nueva cicatriz mal cosida donde debería estar el riñón izquierdo.
En ese momento perdí el conocimiento...
...y no lo volví a recuperar.
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