Desde el primer día que te vi, me prendé de amor por ti. Has penetrado con fuerza en mi corazón y allí, cosa admirable, te has ganado un lugar por el gran encanto de tu conversación, y para que nada te desaloje de allí, has erigido con firmeza, con el lenguaje de tus cartas, una suerte de trípode, o tal vez un trono.
Siglo XII
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