domingo, 1 de junio de 2014

El amor se esfumaba, lo sentía. Era lo único que terminaría sintiendo, el recuerdo del amor.
Era un gas que se escapaba por la ventana de la casa que era su alma. Un gas que no podía atrapar.
Dejaba de sentir, y lo que un día le hizo una persona completa ahora le dejaba vacío.
Un sentimiento, su único sentimiento, desaparecía. Y eso le asustaba.
Era una carcasa vacía. Una piel, un esqueleto inmóvil en su autoproclamada soledad y una masa de carne y órganos latiendo sin fuerza.
Un castillo grande, repleto de habitaciones, y repleto de aire, y polvo, y mugre
La gente huye de lo oscuro, y también de la luz. La gente busca un término medio, que no esté ni a un lado, ni a otro, un toque de cada uno. Pero a él ya no le quedaba luz alguna. Ni oscuridad, ni ningún término medio. Sencillamente tenía un Nada, dentro suya. Un nada que no desaparece nunca, incesante, incansable, eterno.

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