domingo, 9 de marzo de 2014

Reflexión



Me encontraba pensando en la fugacidad de las cosas.
Como puedes tener algo y, de un momento a otro, perderlo; en un instante se ha esfumado, se ha resquebrajado y se desintegra, veces ante tus ojos sin que puedas hacer nada, como cuando observas una catarata desde abajo;  y veces tan rápido que ni siquiera te das cuenta de lo que acaba de ocurrir hasta pasado un tiempo, cuando ya es demasiado tarde.
Esto ocurre, sobre todo, con las personas.
Pueden morirse, ser atropelladas por un coche en su viaje al trabajo, ser aplastadas por un mueble de su vivienda, ser víctimas de un infarto, tropezarse por las escaleras...
Habrá sido solo un segundo, uno se enterará minutos, horas, o semanas después, habrá querido remediarlo, verlo, intentar evitarlo, pero aun habiendo estado allí, no habría podido hacer nada, habría sido demasiado fugaz.
Puedes conversar con una persona y decir una palabra indebida, que no suene como quisiste decir, y perder la confianza con ella; un acto irreversible, por una palabra que dijiste en un momento fugaz.
O, simplemente, que una discusión se te vaya de las manos, y en media hora se habrá ido al garte años de amistad con alguien. En cierto modo, habrá sido algo fugaz.
 Los objetos, asimismo, pueden romperse para siempre, o perderse, para no recuperarlos jamás. Pero si solo tienen valor material, siempre se puede hacer otro, o conseguir otro por el mismo valor material, en eso no hay problema, el conflicto viene cuando el valor aumenta al valor abstracto, como la antigüedad, o el afecto que se le haya cogido al objeto en particular. En ese momento, cualquier acción sobre él será fugaz.

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