viernes, 17 de mayo de 2013

La bestia, editado y terminado.



Lucas, Lucas estaba muerto, y había sido por mi culpa, no podía creerlo, no quería creérmelo, nunca debió cruzar esas puertas de madera semicorroidas, nunca debimos entrar allí, en esa maldita mansión, porque ahora estaba muerto. No volveríamos ha hablar, a tener nuestros juegos, nuestras tonterías. Ya no tendría ese décimo cumpleaños que tanto se merecía.

Como todos los sábados por la mañana, mi pandilla y yo estábamos medio sentados medio tirados en el banco del parque, pero ese día no era un día normal no, era el décimo cumpleaños de Lucas, el miembro más pequeño de la pandilla, y los demás queríamos darle el mejor día de su vida, así que nos propusimos llevarle al zoo, o al parque de atracciones de la ciudad, las dos cosas le encantarían.

Todos nos levantamos de golpe al ver a Lucas aparecer por la entrada. Fuimos a saludarle y a felicitarle. Cuando ya nos calmamos y nos volvimos a sentar, le pregunté a donde quería ir; no me podía creer las palabras que cruzaron mis oídos en ese momento, quería ir a la casa abandonada de la calle 4, nadie quería pasar por esa calle para no tener que acercarse ella. Todos los habitantes de la zona habían abandonado sus hogares, o, por lo menos, eso es lo que habían dicho en el periódico local, toda la calle se había quedado abandonada y nadie quería hablar de ello, siempre que le preguntábamos algo a nuestros padres o a cualquier otro adulto nos desviaban a otro tema sin darnos una respuesta clara...

Pero nosotros no podíamos quedarnos de brazos cruzados habiendo picado en el fuerte ya en la curiosidad, así que por medio de la biblioteca, internet y sonsacándoselo a algún adulto incauto, averiguamos que en esa casa vivía un anciano que gustaba de la experimentación transgénica, y que estaba obsesionado con inyectarse genes de animales tales como  murciélagos o grandes arañas, pero lo único que consiguió fue deformarse el cuerpo por completo. Por ello (suponemos) los niños dejaron de acercarse allí, y más tarde, los adultos.

Aún intentándo por todos los medios convencer a Lucas de que no debíamos ir allí, él insistía, y, como era su cumpleaños, no se lo pudimos negar, así que nos encaminamos a la calle 4, la casa número 36, sí, ese era el número, lo recuerdo bien. Acabábamos de cruzar la esquina y ya se veía el tejado sobresaliendo por las demás casas adosadas, más que una casa era una mansión, la verja estaba cerrada, pero encontramos un agujero en el muro. Cavamos en la tierra y, apretujándonos un poco, pudimos pasar al otro lado, cruzamos lo que hace algunos años habría sido un hermoso jardín, ahora solo quedaban restos de ramas y un árbol derruido.

Lucas empujó la puerta, que, para sorpresa de todos, estaba abierta, y la cruzó a toda prisa. Nunca debió hacer eso, alguien o algo, camuflado en las sombras mordía a Lucas en el torso. No pudimos diferenciar con real certeza que era aquello, solo sabemos que no era humano o, al menos, no del todo. Ese algo estaba matando a Lucas , los chorros de sangre salían a borbotones. En unos segundos se había formado un charco debajo del chico con una superficie inimaginable para ese corto periodo de tiempo, vísceras, músculos, todo saltaba del cuerpo de Lucas, sus gemidos y sollozos se habían ido transformando en el horrible sonido de los mordiscos de esa criatura en su estómago.

Nosotros no podíamos hacer nada contra aquello, además, ya era demasiado tarde para salvar a Lucas. Su cuerpo yacía en el suelo, inerte, sin vida, un cuerpo que hasta hace apenas unos minutos tenía ese brillo característico de la felicidad en los ojos, aquellos ojos marrones que te alegraban el día en complemento de su sonrisa…

Huimos, dejamos al pobre Lucas allí, muerto, con esa horrible COSA.


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